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Seguro que más de una de vosotras habréis soñado con caer rendidas a los brazos del artista mexicano Luis Miguel en una película donde vosotras sois las protagonistas de una canción de amor que os susurra al oído. Pues bien, este sueño se puede convertir en una decepción en un pis pas.

Esto es lo que me sucedió anoche en el concierto del cantante al que acudí animada por una de mis amigas de @Trucosdemamás, auténtica fan del cantante desde que era pequeña. 

 

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Desde hace tiempo vivo solamente del trabajo a casa de casa al colegio, del colegio a las actividades extraescolares, de vuelta a casa, baños, cena, recoger, planchar, recoger la caca del perro (que cada dos por tres lo tengo con descomposición)  y dormir.

Así se resume mi vida en estos últimos meses. Hace unas semanas hablé con una de mis compañeras de @trucos para decirle que no podía escribir más, que iba a tirar la toalla y que no me daba la vida para más.

Ella me convenció para que siguiese con estos relatos ya que era una forma de desahogarme y me iba a venir muy bien y, en esa conversación, salió el tema del próximo concierto de Luis Miguel en España.

No es que me apasione este artista pero ella me convenció para que saliese de casa por una noche a distraerme y me regaló una entrada.

Tengo también que deciros, que para poder acudir ayer a este concierto tuve que hacer un despliegue que ni la NASA. Mi marido trabajaba de tarde así que los niños tenían que ser desperdigados por diferentes familias porque si están juntos como diría mi madre “están a palo limpio”.

Mi madre podía quedarse con el pequeño, que puede mantenerse tranquilo si le tienes todo el rato comiendo así que llené dos bolsas de comida para que no estuviese ON FIRE y se quedase relajado hasta que yo llegase a recogerle.

 

 

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Todavía quedaba  acoplar a las otras dos niñas así que busqué la mejor opción y la más rápida: dejarlas con la vecina de al lado. La vecina de al lado es una mujer mayor rechoncha y bondadosa, la típica abuela que todo el mundo querría tener. No tiene nietos y siempre está deseosa de ver a niños así que pensé que no le importaría quedarse con las niñas durante el concierto.

Para ello puse la excusa de tener que llevar al niño a Urgencias porque tenía fiebre y así tendría varias horas de margen sin tener que preocuparme por nada.

La mujer aplaudió encantada la idea de quedarse con las niñas y que fuesen recogidas por el padre cuando viniese de trabajar si yo no había llegado, así no habría huella alguna del delito.

  • Pues parece que el niño tiene buena carilla -dijo la mujer inocentemente cuando fui a soltar lastre-.
  • Pues tiene casi 40 de fiebre, es que el pobre es muy sufrido y nunca se queja.
  • Mami, pero no vas a ver al cantante ese  – mi hija pequeña podía meterse la lengua por la parte noble- yo quiero ir contigoooo.
  • ¡Pero tu has visto como está tu hermano! – me daba vergüenza lo que me estaba inventando pero todo fuese por salir de casa-.

 

La vecina afortunadamente estaba tan emocionada con las niñas y ni se dio cuenta de la torpeza de mi hija así que hice mutis por el foro y salí huyendo antes de que pudiesen meter la pata aun más.

 

Una vez colocados los 3 elementos en discordia cogí el transporte público en dirección al concierto.

  • Madre mía -pensé-. Hace años que no cojo el metro a esta hora. Lo cierto es, que desde que soy madre el toque de queda en casa se da a las ocho de la tarde por lo que salir a esas horas era un mundo para mí.

Llegué pronto al lugar del concierto así que me metí en un bar a comer un bocadillo. Me sentía rara. Era la primera vez en mucho tiempo que iba sola a un sitio y notaba un extraño hormigueo en el estómago pero la verdad me sentía muy muy relajada.

Los bares de la zona  estaban repletos de mujeres que rondaban los 50 años, muchas de ellas acompañadas de sus maridos.  Por un momento se me vino a la cabeza cuanto tiempo llevábamos Boliche y yo sin ir a ningún sitio juntos excepto a los cumpleaños que celebraban los amiguitos de mis hijos en el parque de bolas….

 

Bueno, dejándome de melancolismos, entre unas cosas y otras la cosa se iba animando en el Wizinc Center e iban llegando a ocupar sus asientos hordas de mujeres para ver a su hombre. Pude ver a lo lejos a algunas famosas posando como auténticas estrellas hollywoodienses y firmando autógrafos a diestro y siniestro como si el concierto no fuese con ellas.

También había algunos niños con sus madres que estaban más pendientes de la consola que del ambientazo que se estaba viviendo en esos momentos.

 

Y por fin llegó El Rey, o bien podría llamarse El Rey del pelucón. Con un pelazo que ni en sus mejores épocas (seguro que el implante se lo ha hecho en Turquía), Luis Miguel comenzó a cantar. El botox y los implantes también hacían mella en la cara del artista, que parecía salido del Museo de Cera.

A mi juicio, iba “pedo” o se había tomado algo porque no era normal como pronunciaba y entonaba. Tampoco es que sea una fiel seguidora del cantante pero hacía cosas extrañas y daba mucho mucho mieditoo.

 

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Según iban pasando los minutos su voz iba mejorando (afortunadamente). Una señora bien entrada en años situada dos filas delante jaleaba al artista:

  • ¡Tio bueno!!!, ¡Macizorro! – no paraba de gritar -.

Al cabo de un tiempo cayó del cielo una bolsa de plástico con algo dentro y sospechosamente lo hizo en la cabeza de la mujer. La mujer “no dijo ni mu” y permaneció en silencio el resto del concierto.

Entre unas cosas y otras es cierto que las dos horas y media de concierto se me pasaron rapidísimo y aunque el mito del eterno galán cayó desplomado en un abrir y cerrar de ojos.

 

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