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El tipo de apego que practiquemos con nuestros hijos en los primeros años de nuestra vida determinará su manera de relacionarse y comportarse en el futuro.

 

Hace unas semanas cayó en mis manos el libro “Educación emocional y apego” de Rafael Guerrero, experto psicólogo especializado en temas como el TDA, trastornos del aprendizaje y problemas de conducta.

El libro me pareció interesante, sobre todo porque pretendía dar las “pautas prácticas para gestionar las emociones en casa y en el aula”.

Creo que todos los que somos padres hemos sentido esa situación de que no sabemos controlar nuestras propias emociones en determinados momentos, y que esto puede dañar a nuestros hijos.

En mi caso particular, el cansancio hace que algunas veces les regañe de una forma exagerada y luego después de hacerlo me siento mal.

Por esto ese libro me pareció una oportunidad para poder aprender algo más para ayudar a mis hijos, y a mí misma, en nuestro crecimiento como familia.

Lo primero que me llamó la atención al ir pasando las páginas es la importancia que tiene el apego que hacemos con nuestros hijos. Creo que todos los padres intentamos hacer un apego seguro para nuestros hijos, pero hay veces que creemos que estamos haciendo las cosas bien y quizás tengamos que cambiar alguno de nuestros comportamientos.

En el libro se explica que hay cuatro tipos de apegos:

El apego seguro, en el que los padres responden de una manera empática a las emociones de sus hijos y el niño se siente aceptado de una manera incondicional.

El apego evitativo, en el que los padres no atienden al mundo emocional del niño y se sienten incómodos ante las necesidades emocionales de sus hijos. Este tipo de apego suele dar como resultado que el niño tiene dificultad para establecer relaciones con otras personas.

También encontramos el apego ansioso ambivalente, característico de los padres protectores, en el que el niño vive muchas situaciones estresantes por parte de los padres, ya que estos tienen miedo. La respuesta de los padres ante las emociones del niño es diferente: a veces se evita la emoción, otras sí y en otras no se le atiende.

Por último encontramos el apego inseguro desorganizado, en el cual no se da respuesta a las necesidades emocionales del niño, y en caso de darse se rechaza o tiene como respuesta una agresión. Suele darse en familias que tienen malos tratos, con problemas psicológicos etc.

 

Para el niño sobre todo es muy importante buscar una figura de apego (que normalmente será la madre o el padre), y en la que busca protección y seguridad. Los niños, además de querer satisfacer sus necesidades básicas también buscan ser amados y reconocidos por lo que son para poder desarrollarse satisfactoriamente.

 

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El niño busca una figura de apego, que normalmente son los padres, para cubrir sus necesidades afectivas

 

LAS NECESIDADES EMOCIONALES DE LOS NIÑOS

Las necesidades emocionales de los niños tienen que ser cubiertas, ya que si no pueden tener un efecto negativo en su desarrollo. Según el libro las necesidades pueden agruparse en:

  1. Formar parte de relaciones afectivas estables. Una vinculación estable con los padres, abuelos, profesores, entrenadores de fútbol… va a generar en el niño una sensación de pertenencia y familiaridad, siempre y cuando esa relación sea positiva. Cuando el niño cuenta con estas relaciones en sus entornos habituales, le proporciona una seguridad que es un motor para su desarrollo. Además, favorece su autonomía.
  2. Aceptación incondicional. Es decir, ser aceptado tal y como uno es. Se puede criticar o no estar de acuerdo con la conducta o el comportamiento de los hijos, pero nunca se les debe señalar como personas. Por tal motivo, hay que tener sumo cuidado con las etiquetas o calificativos que, de forma alegre, se les pone a hijos y alumnos. Es importante tener en cuenta que, a menor edad, más incondicionales debemos mostrarnos ante ellos.
  3. Ser visto por las figuras significativas. Es decir, ser importantes para las figuras e apego que consideramos importantes. Tanto el ser visto como el ser aceptado incondicionalmente constituyen dos pilares para una buena autoestima. Los departamentos de orientación y las consultas de diversos profesionales están llenas, por desgracia, de niños con una baja autoestima. Habitualmente, no confían en sí mismos porque sus padres no lo hicieron, de manera abierta o encubierta. Si un niño percibe que se le presta atención y se siente especial durante su desarrollo, seguramente no necesitará sentirse especial para el resto del mundo durante el resto de su vida.

 

Además de todas estas cuestiones el libro nos cuenta de cómo ayudar a los niños a ser personas autónomas, de valerse por sí mismos y de tomar sus propias decisiones y de desarrollar la empatía.

 

Este libro me ha hecho pensar y recapacitar sobre la influencia que tenemos como padres en nuestro hijos y de cómo nuestros comportamientos (a veces realizados inconscientemente) pueden afectarles de una manera tan grande.

Solo hace unos días que terminé de leerme el libro y desde entonces he cambiado algunas actitudes hacia mis hijos.

Solo un ejemplo: el libro dice que tenemos que decirles a los niños que les queremos, es importante verbalizar esta emoción y separarla de las acciones que cometen.

Por ejemplo, cuando hacían algo mal (y yo estaba superada), alguna vez les decía “pues ya no te quiero”. Yo como adulto sé que es mentira, pero el niño no. El otro día mi hijo de cuatro años tiró una planta en el polideportivo y yo le regañé. Se enfadó y me dijo que “yo era mala y que no me quería”. A lo mejor si no me hubiese leído el libro le habría dicho “pues yo a ti tampoco”, pero en esta ocasión le comenté “yo si te quiero, pero lo que has hecho no está bien”.

La actitud del niño cambió y su agresividad hacia mí fue disminuyendo.

 

Es un libro que recomiendo 100% a todos los padres

 

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